Para ser escuchados: escuchemos.

Standard

Me sorprende que haya muchos jóvenes que se incorporan a esta moda de condenar de forma tajante e intolerante, ahora a través de las redes sociales. Y no por el hecho de ejercer el derecho a la crítica, –lo cual es absolutamente válido-, sino porque en ocasiones considerables esas condenas no cuentan con un propósito real y concreto más que el de reprochar o replicar un mensaje que destruya. Peor aún cuando ni siquiera existe una intención propia.

Para abrir nuevos espacios y mejorar su rumbo, nuestro país necesita echar mano de las nuevas generaciones.  Jóvenes dispuestos y ciudadanos con compromiso para lanzar propuestas y proyectos que lleven a construir un mejor país. Eso necesitamos y no lo contrario.

Es conveniente también, que esta generación asumamos la responsabilidad que nos pertenece y que va muy ligada a la urgencia de hacer y representar la diferencia: saber escuchar.  Lastima ver cómo existen jóvenes que lejos de lograr todo esto, bloquean discursos o tapan sus oídos a informes y políticas públicas que pretenden multiplicar resultados. La crítica destructiva y el prejuicio sin propuesta sólo denigran la discusión y entorpecen la producción de obras que benefician a los gobernados. Sorprende ver a jóvenes enjuiciar a un pasado que no conocen y a todo tipo de autoridad a la cual no han mostrado el mínimo interés de acercársele con una idea. Resalta que, en lugar de sumar, personas de esta generación ejerzan de manera equívoca su derecho a la protesta porque no logran otra cosa que funcionar como repetidores de un mensaje que, no sólo no presenta propuestas, sino que aparte está manchado de intereses particulares de unos cuantos. Raro es que, a veces, o no lo notan o no lo quieren notar.

Las generaciones de hoy deben ser reconocidas por representar un cambio verdadero en las prácticas como ciudadanos. Los jóvenes de hoy debemos aprender a ser transparentes, a sumar esfuerzos y a proponer proyectos que unan a la gente con quienes guían al país. Escuchando y no bloqueando. Ninguna opinión merece ser callada. Mucho menos cuando podemos aprender mucho de ella. Antes de condenar, antes de juzgar y antes de servir a intereses particulares, es necesario escuchar para diferenciarnos de las prácticas represoras que no nos gustaron del pasado, en lugar de recurrir a ellas. Escuchar para, entonces sí, ejercer y hacer valer nuestra crítica, pero una crítica que sea inteligente y constructiva con la que podamos ganar el derecho y el prestigio suficiente para que ésta sea tomada en serio.

Para ser escuchados, escuchemos.